Soltar
Soltar
SoltarFui una compañera leal en esa travesía.
Mientras muchos desertaban y las aguas se volvían cada vez más feroces, yo me mantuve firme, sosteniendo mi espíritu.
Vi al capitán flaquear más de una vez. Lo vi cansado, derrotado, sin esperanza. Y aun así, me quedé. Lo acompañé, lo sostuve, hice todo lo que estuvo en mis manos para que el barco siguiera a flote.
Me prometí no rendirme.
Ni ante las tormentas, ni ante las pérdidas, ni ante el miedo de ver a otros desaparecer en el mar.
Y así fue… hasta el último momento.
Cuando por fin parecía que todo tomaría un mejor rumbo, caí del barco.
Pensé que vendría por mí. Que aquella lealtad que sostuve durante tanto tiempo regresaría en forma de ayuda. Pero no fue así.
Me aferré como pude. Encontré una cuerda y me sujeté a ella con todas mis fuerzas. Pedí ayuda.
Aparecía de vez en cuando, solo para asegurar que seguía allí.
Pero no bajó.
No hizo nada más.
El mar golpeaba mi cuerpo sin descanso. La cuerda desgarraba mis manos. El cansancio crecía… pero la decepción pesaba más.
Porque no dolía solo el esfuerzo.
Dolía entender que quien prometió estar… no estaba.
Hasta que un día, con miedo, decidí soltarme.
Creí que me hundiría.
Creí que ese sería el final.
Pero no.
Floté.
A lo lejos vi cómo aquel barco al que me aferré se marchaba y se perdía en el horizonte, mientras yo permanecía sola en medio del mar.
Y en ese silencio inmenso, sin ruido, sin lucha, sin expectativas… entendí algo: seguía viva.
Nadé sin rumbo por un tiempo. Pensé, sentí, agradecí.
Hasta que otro barco me encontró.
Me rescataron.
Me abrigaron.
Me cuidaron.
Y entonces, por primera vez en mucho tiempo, me sentí vista, respetada… suficiente.
Hoy entiendo que aquella travesía no fue en vano.
Que incluso en medio de la adversidad, hubo aprendizaje, fuerza y crecimiento.
Pero también entendí algo más importante:
No todo barco merece tu lealtad hasta el final.
A veces, la mayor muestra de valentía…
es soltar.