Entre la sombra y la calma: el peso de volver

Una vez más me encontraba sola, avanzando despacio por esa calle privada. Cada paso me arrastraba hacia el lugar donde debía enfrentar las consecuencias del día anterior. El corazón me golpeaba con fuerza en el pecho y una voz insistente se repetía en mi cabeza: «No quiero estar aquí. No más». El nudo en mi garganta se apretaba con cada metro recorrido, como si quisiera ahogarme antes de llegar.

Entonces, en medio de esa carga, el amanecer se abrió paso. La calle, flanqueada por casas y autos inmóviles, se iluminaba con un resplandor suave. El aire olía a tierra mojada y a pino húmedo, un aroma limpio que me llenaba los pulmones. El frío en mis mejillas y en mis manos desnudas, lejos de ser hostil, me hacía sentir despierta, viva. El canto de los pájaros y el ritmo de mi respiración se mezclaban en un compás sencillo, casi reparador.

Por unos instantes, mi pena se desvaneció. La calle húmeda bajo mis pies se transformó en un regalo, un recordatorio de que todavía podía sentir, que aún podía contemplar belleza. A lo lejos, la neblina reposaba sobre un lago olvidado entre la urbanización, y verlo ahí, intacto en su quietud, me llenó de una gratitud serena. Por un momento comprendí que mi dolor no era tan grande como parecía, y que el día, de algún modo, traería consigo la promesa de algo mejor.

Pero la calma se deshizo en cuanto llegué a la reja blanca. Con las manos temblorosas busqué las llaves. Antes de abrir, me detuve. Del otro lado me aguardaba un jardín y una casa de ventanales grandes, oscuros, como ojos que acechaban. Inspiré hondo, cerré los ojos y murmuré apenas audible: «Aquí estoy… que pase lo que tenga que pasar».

Abrí los ojos. Y avancé.

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