La cima del alma

Nadie llega a la cima por accidente. Ella lo sabía. Cada paso había sido una pregunta, cada silencio, una espera.

Y ahora estaba allí, donde se decía que el viento respondía.Exhausta, se dejó caer sobre sus piernas. No era debilidad, era entrega. 

Cerró los ojos, y con el alma temblando, susurró: “Yo soy”.

Una brisa suave rozó su rostro, como si el mundo respondiera con ternura. Desde la lejanía, una voz se alzó entre los ecos:“No puedes seguir siendo solo viento. Ya conoces el sendero que te fue revelado. Ahora, debes tener el coraje de caminarlo con propósito…”

Y entonces, el eco del viento volvió a hablar. Esta vez, no como brisa, sino como juicio:

“Has llegado a este momento de tu vida donde debes aprender una lección. Esta experiencia te pondrá a prueba. Te derrotará. Dudarás de quién eres. Te romperá. Y tendrás que enfrentarte a la parte más vulnerable de ti para poder crecer y evolucionar. Es necesario vivirlo así, porque solo entonces te convertirás en alguien nuevo.”

El silencio se hizo denso. El aire parecía contener la respiración del mundo.

“Tienes dos caminos frente a ti,” continuó el eco.

“El primero: resistir. Aferrarte a lo que conoces. Dejar que el miedo te mantenga intacta… pero inmóvil.”

“El segundo: rendirte al proceso. Permitir que el dolor te moldee. Y emerger como alguien nueva.”

“Ninguno es fácil. Pero solo uno te hará libre.”

Ella permaneció en silencio, dejando que las palabras se asentaran como polvo sagrado sobre su conciencia. El viento ya no era solo brisa: era memoria, era llamado. Se incorporó lentamente, no con fuerza, sino con convicción. 

Cada paso que dio desde la cima no fue un descenso, sino una afirmación. Sabía que el camino no le prometía facilidad, pero sí sentido. Y en ese saber, encontró paz. Porque cuando el alma reconoce su voz, el mundo deja de ser ruido y se convierte en respuesta.


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