Alguien diferente


Tenía tiempo sabiendo que ella estaba ahí, formando parte del paisaje como si siempre hubiera pertenecido a ese lugar. Su sola presencia imponía respeto, y todos a su alrededor parecían temerle, evitando cruzar su mirada o acercarse demasiado. Ese miedo colectivo era, sin duda, su mayor fortaleza: no necesitaba hacer nada más que existir para que los demás la reconocieran como una fuerza inquebrantable. Al principio yo también me paralicé ante su presencia, con el corazón encogido y la mirada esquiva, me mantenía a distancia, aunque en el fondo sabía que tarde o temprano tendría que enfrentarla.

Con el paso del tiempo, sin embargo, algo empezó a cambiar. La costumbre de verla cada día me fue despojando del miedo inicial, y comencé a notar matices en su presencia que antes pasaban desapercibidos. Descubrí que no era una amenaza, sino un reflejo, un recordatorio constante de lo que yo misma debía aprender a integrar. Lo que al inicio parecía intimidante empezó a resultarme extraño pero agradable, como si su energía se entrelazara con la mía, mostrándome que a veces lo que más tememos no viene a destruirnos, sino a guiarnos hacia una versión más auténtica y valiente de nosotros mismos.

Entradas populares de este blog

Aún en medio de la tormenta

Entre la sombra y la calma: el peso de volver

22 años