Madre Tierra, mi refugio eterno

 Yo amo profundamente a la naturaleza. De todo corazón.

Cada vez que estoy en ella, me siento libre. Es como si el alma respirara distinto, como si el tiempo se detuviera para recordarme quién soy sin máscaras ni ruido.

Hay una canción que me fascina sobre el cuidado de la Tierra: Mama Tierra, de Macaco. Hay un fragmento que siempre me toca el corazón:

“Qué difícil cantarle a tierra madre,
que nos aguanta y nos vio crecer…”

Esa frase me confronta. Me recuerda que la Tierra no es solo paisaje: es raíz, es historia, es hogar. Nos ha sostenido desde antes de que tuviéramos conciencia de ello. Ha visto nacer a los padres de nuestros padres, y verá crecer a los hijos de nuestros hijos.

Cuando la miramos como a una madre, algo cambia en nosotros. La mirada se vuelve más tierna, más responsable. Ya no es solo tierra: es vida que nos fue prestada. Y entonces, como dice la canción, actuamos como quien defiende a los suyos… y a los que vienen con él.

Estar en la naturaleza es volver al origen. Es escuchar el lenguaje del viento, el susurro de los árboles, el pulso de la tierra bajo los pies. Es entender que no estamos por encima de ella, sino dentro de ella. Somos parte de un equilibrio sagrado.

Cuidarla no es un acto de obligación, sino de gratitud. Porque cada amanecer, cada lluvia, cada semilla que brota, es un regalo que nos recuerda que estamos vivos.

Y yo, cada vez que camino entre montañas, entre hojas, entre silencios, me reconozco. Me reconecto. Me renuevo.



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